El camino de tu nombre

El camino de tu nombre

Ref.: 9788492604654

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Si, como dice Lacan en Lituraterre «entre centro y ausencia, entre saber y goce, hay litoral», el sujeto se escribe precisamente en esa brecha, trazo —valga decir camino, en tanto ausencia radical—, que separa uno y otro. Entonces el sujeto consiste en este agujero esencial. 

      Escribir, pues, nos dice en su decir Miguel Ángel Yusta, ya no es meramente transcribir palabras, sino lo que aparece en el espacio diáfano de una ausencia radical. Y el poemario que le invitamos a leer, su resultado. Entonces el camino es un intento posible de saber sobre esta pérdida radical (agujero, huella, camino). Litoral imposible de franquear allende del cual se extiende el goce mortífero.  La escritura no es, pues, sino los modos de transitar este camino, de enfrentar el dolor de la pérdida, y la imposibilidad de franquear los límites. Modos posibles de la relación sexual.

     El camino de tu nombre  entonces es el resultado de un viaje a través de estas  marcas (el beneficio que se extrae de un viaje, no es principalmente que se ve, al regreso, lo que es familiar con otros ojos, sino al contrario); pero también el modo posible de nombrar una ausencia radical, brecha que deviene bisagra entre el goce y el amor, entre la vida y la muerte.

 

Dicen algunos filólogos que en el siglo XVII se produjo una disociación de la sensibilidad. Ocurrió que muchos poetas ya no podían, acaso querían,  pensar y sentir a la vez. De esa epidemia intelectual se salvaron algunos elegidos como Shakespeare, Quevedo o los Metafísicos ingleses (John Donne, George Herbert y Crashaw), por no citar más; sin embargo, un buen número de escritores padeció esa bipolaridad. No es que fuera una enfermedad vergonzante, pues el sentimiento se había separado del pensamiento pero se seguían escribiendo libros de altísima calidad: ahí están Góngora (puro pensamiento culto salvo en sus poemas sueltos), o Lope (puro sentimiento)… Es lo que dicen algunos filólogos (Juan Luis Alborg), escritores (Martin Amis) o el que suscribe, aunque uno no es que esté muy seguro.

    El acartonado Neoclasicismo no arregló las cosas, sino que las estropeó aún más con su frialdad pedagógica y su culto a la razón que era pensamiento; y en cuanto al Romanticismo gesticulante (Espronceda) o delicado (Bécquer) con su culto a los sentimientos y la libertad, no fue sino el otro extremo de ese movimiento pendular que alterna las épocas. Sólo sería con el 98 y la Generación del 27, cuando ambos ríos volvieran a confluir en un delta que alumbró la estética actual, surgiendo en el último cuarto de siglo (allá por 1980) una corriente que se llamó “nueva sentimentalidad” y que quiso devolver a sentimientos y pensamiento el tálamo de donde nunca debieron salir, ese que la poesía social de Espadaña, conformista de Escorial o esteticista de Cántico (los más logrados) se resistía a admitir.

     Pero, ¿de dónde salía esa expresión de “nueva sentimentalidad”? (...)

                                                                                                                                                                                     (Del prólogo: Feo, CAtóloco  y sentimental, de J. Luis Gracia Mosteo.

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